Cuenta la leyenda
La Virgen de la Cuesta: ocho siglos de fe compartida entre Las Pedroñeras y Alconchel
De boca en boca Queremos recopilar anécdotas, historias y demás cosas que nos contaban nuestros abuelos, padres…
Una devoción con raíces medievales
Pocas tradiciones religiosas de la comarca pueden presumir de una antigüedad tan documentada como la de la Virgen de la Cuesta. Los mayores de Las Pedroñeras y de Alconchel de la Estrella siempre han repetido que esta devoción nació en el siglo XIII, y los propios objetos la avalan: la talla que se venera es de madera policromada, con la imagen de la Virgen sentada, y tanto ella como algunas vigas y elementos originales de la ermita han sido fechados por especialistas en esa época. Estamos hablando, por tanto, de más de ocho siglos de fe ininterrumpida.
Lo que sí se sabe con certeza es que la devoción pedroñera a esta Virgen podría ser algo posterior a la de Alconchel, quizás desde el siglo XVI, aunque algunos la sitúan desde el mismo origen. Sea como fuere, los dos pueblos llevan generaciones compartiendo patrona, camino y fiesta.
El pastor que no pudo llevársela
La leyenda fundacional es de las que no se olvidan. Un pastor natural de Las Pedroñeras encontró una imagen de la Virgen en una cueva del término de Alconchel de la Estrella. Convencido de que aquella aparición era un regalo para su pueblo, se la cargó y emprendió el camino de vuelta. Pero cuando llegó a Las Pedroñeras, la imagen había desaparecido. Regresó a Alconchel, y allí estaba de nuevo, exactamente en el mismo lugar donde la había hallado. Lo intentó una segunda vez, con idéntico resultado.
El mensaje estaba claro. Quienes gobernaban la vida religiosa de la zona interpretaron que la Virgen quería quedarse en aquel cerro, y allí levantaron la ermita que aún hoy la cobija, en lo más alto del Cerro de la Virgen, a tres kilómetros de Alconchel de la Estrella.
Un cerro con memoria de siglos
El lugar elegido por la Virgen para quedarse no es cualquier promontorio. El Cerro de la Virgen se alza a 874 metros sobre el nivel del mar, con paredes escarpadas y una cima amesetada desde la que se domina toda la llanura regada por el río Cazarejo. Debajo de la ermita, literalmente, descansa uno de los yacimientos arqueológicos más relevantes de la provincia de Cuenca: un antiguo poblado ibérico con murallas, terrazas y una necrópolis con más de un centenar de tumbas fechadas entre los siglos V y I antes de Cristo, declarado Bien de Interés Cultural.
No es casualidad que la gente lleve milenios eligiendo ese cerro. Antes que la ermita estuvo el oppidum; antes que los romeros, estuvieron los íberos. El lugar tiene algo que lo hace especial desde mucho antes de que nadie lo pudiera explicar.
Cuarenta kilómetros a pie en la madrugada
La noche del 6 de mayo, Las Pedroñeras se vacía en dirección norte. Desde La Cruz del Coso, cientos de personas emprenden a pie el camino hacia Alconchel, cuarenta kilómetros de llanura manchega que atraviesan vegas, molinos de época romana como el de la Encomienda en Villaescusa de Haro, los restos del Castillo de Haro en Fuentelespino y el valle del Cazalejo, hasta encarar la senda que sube al cerro. Muchos lo hacen descalzos. Otros cumplen promesas de diversa índole. Todos llegan.
Ese trayecto tiene hoy nombre oficial en el registro de senderos de Cuenca: el PR-CU 75, Camino de la Virgen de la Cuesta. Pero para los pedroñeros no necesita ningún nombre. Es, simplemente, el camino.
Los tres días de fiesta
El día 7, los romeros de Las Pedroñeras son quienes tienen el honor de subir la imagen al cerro. Allí, con los Mayos cantados y el baile junto a la ermita, comienza la parte más emotiva de la celebración. Se pasa la noche en el cerro, y el día 8 se celebra una misa de campaña al aire libre, con la imagen mirando hacia Las Pedroñeras. Esa orientación no es casual: durante la misa, la Virgen mira al pueblo que cada año recorre cuarenta kilómetros para verla.
Luego toca la comida de hermandad, ese momento en que vecinos de Alconchel y de Las Pedroñeras comparten mesa en lo alto del cerro, y por la tarde los de Alconchel bajan la imagen a hombros hasta la iglesia parroquial, donde permanecerá todo el año hasta el siguiente mayo. Al día siguiente se celebra una misa por los difuntos de la hermandad y por quienes están enterrados en los alrededores de la ermita, que fue cementerio de Alconchel hasta hace unas cinco décadas.
Las historias que guardamos
Y luego están las historias. Las que se cuentan en las cocinas, las que pasaron de abuelo a nieto, las que nadie escribió pero todo el mundo recuerda.
Jesús Antonio Madrigal López lo expresa mejor que nadie cuando habla del camino:
«El camino de la Virgen lo podríamos comparar con la vida misma: se inicia con esperanza y alegría, al principio va uno lleno de fuerza, a la mitad las fuerzas son menos, algunos no llegan, otros te adelantan y te dejan atrás, otros te acompañan en todo momento; el final es duro y subir el cerro es casi una agonía para la que parece no tener uno aliento, y la llegada es la gloria y el encuentro que uno espera.»
También cuenta que en Las Pedroñeras la Virgen era la primera a quien se acudía en cualquier apuro. «Virgen de la Cuesta Bendita» era la expresión que se escuchaba en cuanto algo se torcía. Así ocurrió con una familia que tenía un cerdo muy enfermo. No era un capricho: aquel animal era la despensa de la familia durante meses. Lo encomendaron a la Virgen, el cerdo sanó, y cumplieron la promesa yendo andando hasta la ermita. Una promesa que puede parecer humilde, pero que esconde toda la lógica de quienes viven atados a la tierra y a sus animales.
Otra historia la recuerdan muchos, y algunos aseguran haberla presenciado. Un año, al bajar la imagen hacia Alconchel, el estallido de los cohetes asustó a las mulas que tiraban de una galera. Los animales salieron desbocados hacia la ladera del cerro, acercándose peligrosamente al borde. La gente que acompañaba la procesión reaccionó de inmediato gritando que giraran la imagen. La Virgen fue vuelta hacia las mulas, y en ese momento la galera chocó contra una piedra y los animales se detuvieron en seco, a punto del precipicio.
Y quedó para siempre la historia del soldado. A finales del siglo XIX, un año de lluvia torrencial dejó los caminos impracticables. Ningún pedroñero pudo llegar a la ermita. Ninguno, salvo un mozo que cumplía el servicio militar en Madrid y que había quedado por carta con su padre para verse allí el día 7. El padre no pudo salir de Las Pedroñeras. El hijo llegó desde Madrid. Ese año, la Virgen tuvo un solo devoto de su pueblo. Pero no estuvo sola, y la tradición se cumplió.
Mari Carmen Gallego Picazo guarda también en la memoria la canción que le enseñó su abuela, que se cantaba al despedirse de la Virgen al final de la fiesta:
«Hoy Virgen de la Cuesta / ya estás dibujando mayo, / hoy de ti nos despedimos / una reina hasta otro año. / De nuestro tierno jardín / ofrecemos con ardor / nuestra esperanza infantil / y con ella el corazón.»
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